Una silla no es un objeto. Es independencia.
Matías Bottoni es nadador paralímpico. Después de un accidente que lo dejó sin movilidad en las piernas, un argentino radicado en Israel — Eric Hecht, que había sufrido una lesión similar — le donó una silla de ruedas especializada valuada en entre USD 30.000 y 40.000.
La silla viajó desde Israel hasta el aeropuerto de Ezeiza. Y ahí, los operarios de equipaje se la destruyeron.
Lo que siguió fueron meses de burocracia para importar una nueva silla desde una fábrica en Michigan, Estados Unidos. Una silla que no es genérica — está diseñada a medida, pensada para las necesidades específicas de Matías.
Qué implica importar una silla de ruedas especializada
Las sillas de ruedas eléctricas y especializadas se clasifican bajo códigos NCM del capítulo 87 (vehículos) o 90 (equipamiento médico), dependiendo de sus características. Los aranceles varían, pero en muchos casos hay exenciones para productos médicos que no se fabrican en Argentina.
El problema no suele ser el arancel — es el tiempo. Un equipo médico a medida puede tardar semanas o meses en fabricarse y enviarse. Y cada día de espera es un día sin independencia.
Un precedente necesario
La historia de Matías no es única. Miles de personas en Argentina necesitan equipamiento médico importado porque no existe una alternativa local adecuada. Desde 2026, ANMAT simplificó la normativa para importar equipos médicos usados y reacondicionados, lo que abrió la puerta a más opciones y menores costos.